"El justo brillará como luz en las tinieblas"
Queridos hermanos y hermanas:
Les saludo este domingo en el que el Señor nos entrega su mensaje para buscar vivirlo. Saludo de manera especial a quienes nos siguen a través de esta transmisión, especialmente a los enfermos o personas que por situaciones especiales no pueden salir de casa; que esta Eucaristía sea su alimento espiritual.
Hoy, la Palabra nos invita a todos los discípulos de Cristo a parecernos a dos elementos que disfrutamos cotidianamente: la sal y la luz.
Apenas el lunes pasado celebramos la fiesta de la Presentación del Señor, conocida como el día de la Candelaria, el día de la luz. Recordamos cuando José y María presentaron al Niño Dios en el templo a los 40 días de nacido. En aquel momento, el anciano Simeón, un hombre temeroso de Dios que esperaba al Salvador, pronunció aquellas palabras memorables al tomar al Niño en sus brazos: "Señor, ya puedes dejar morir a este siervo, porque mis ojos han visto la luz, han visto al Salvador del mundo". [26:13]
Esa luz que bendijimos en nuestras familias debe reflejarse hoy en nosotros. Jesús nos dice claramente: "Ustedes están llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra".
Sabemos lo importante que es la sal; cómo se disuelve para dar sabor a todo un platillo. Del mismo modo, la luz ilumina y nos brinda seguridad frente a la oscuridad. Pero, ¿cuándo nos convertimos realmente en esa sal y esa luz? La primera lectura nos da la respuesta: cuando nos preocupamos por compartir el pan, cuando ayudamos al necesitado y cuando luchamos por la paz y la justicia.
Esta enseñanza es la continuación de las Bienaventuranzas que escuchamos el domingo pasado. Somos sal y luz cuando buscamos que las cosas mejoren, mediante la amabilidad y la empatía hacia quienes más lo necesitan.
San Pablo nos da un ejemplo concreto en la segunda lectura. Al llegar a Corinto, un lugar difícil y lleno de sabios paganos, él no se presentó con altas teologías, sino con la sencillez de su experiencia personal con Jesús. Aun "temblando de miedo", fue instrumento para que muchos conocieran a Dios.
Asimismo, ayer vivimos una experiencia hermosa en nuestra peregrinación anual a la Basílica de Guadalupe. Ver la Basílica rebosante de fieles de nuestra Arquidiócesis nos llenó de alegría. Fuimos a casa de nuestra Madre a pedir su bendición y a escuchar su mandato: "Hagan lo que Él les diga". Regresamos cansados por la caminata, pero con el corazón encendido, entendiendo que nuestra misión es ser luz y sal.
Ser seguidores de Jesús no es algo para vivirse de manera "intimista" o privada. Es un error pensar que el católico solo lo es dentro del templo o que la fe no debe salir a la calle. Debemos manifestar nuestra identidad en todos los ámbitos: en la política, en lo social y en cualquier lugar donde nos encontremos.
Nuestra tarea y compromiso no es solo de palabra, sino principalmente de actitudes, obras y acciones. Manifestemos con valentía que somos discípulos misioneros. Que el Espíritu Santo nos fortalezca para mostrar lo que el Señor nos pide en su Palabra.
Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla