HOMILÍA EN EL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

October 19, 2025


HOMILÍA EN EL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

«El auxilio me viene del Señor»

 

Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Que el Señor siempre nos conceda la paz que necesitamos en nuestros corazones. Y a todos ustedes aquí presentes, que vienen a participar en la Eucaristía, los saludo como padre y pastor, y también a todas las personas que están siguiendo esta Eucaristía desde sus casas o en algún lugar dentro del territorio de nuestra arquidiócesis y también otros lugares de la República Mexicana y del extranjero.

Hoy en este domingo quisiera platicar con ustedes brevemente sobre dos temas que la liturgia de este domingo nos invita: un tema es sobre la misión y el otro tema es sobre la oración.

Este domingo en toda la Iglesia universal celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), promovido por el Papa. Y sabemos nosotros que por naturaleza la Iglesia es misionera, desde que nació, desde que Cristo fundó la Iglesia hace XXI siglos. Pero, como prenotando, podemos decir cómo Jesucristo es el misionero del Padre, porque Él viene a la Tierra, nacido de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, viene enviado por el padre. Y, como aprendimos en el catecismo desde pequeños, Cristo Jesús viene a salvarnos, viene a enseñarnos el rostro de su Padre. Y por eso Él es el misionero por excelencia, porque no podemos entender un misionero o una misionera que está sentado o sentada, sino alguien que va caminando para anunciar las maravillas del Señor.

Y cómo Jesús, antes de subir para estar a la derecha del Padre hace el envío a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo y –anuncien lo que yo les enseñé– anuncien el Evangelio». Por eso les decía que la Iglesia por naturaleza es misionera.

Y hoy nuestra oración y también nuestra ayuda económica es para los que salen a lugares lejanos a llevar el Evangelio, donde la gente no ha escuchado de Dios. Y por eso yo creo que estas personas, religiosos, religiosas, sacerdotes, laicos y laicas, que dejan su casa, dejan su patria, dejan su familia, y van a lugares donde el porcentaje de católicos es muy bajo, pero ellos van con la fuerza del Espíritu Santo a anunciar a Jesucristo Nuestro Señor.

Y el Papa nos piden en este domingo especialmente la oración por todos los misioneros y misioneras, pero especialmente por los misioneros ‘ad gentes’, los que salen a lugares lejanos. Nuestra colaboración que damos hoy, se reúne y llega a los lugares lejanos para comprar una Biblia, para poder alimentarse, para poder cumplir esta misión. Es una vez al año que se hace una colecta que se llama DOMUND, y tengan la seguridad de que llega exactamente a esos lugares para apoyar en la evangelización.

Por otro lado,  que hoy también nosotros nos preguntemos cómo está nuestra misión, es decir: ¿Qué estamos haciendo para llevar la Buena Nueva a los demás?

Ya se tiene aquí un tiempecito, más de diez años, que se inició la Gran Misión Católica, que es el Domingo de la Ascensión del Señor, pero yo he remarcado mucho, mucho, cómo la misión es permanente, no es de un día, es de todos los días. Y nosotros podemos anunciar a Jesús, tal vez a veces no podamos de palabra, en nuestro trabajo, en la escuela, en la fábrica, en el mercado, pero lo podemos hacer con nuestra manera de ser, con nuestros actos, con nuestro testimonio podemos anunciar que creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ojalá que nosotros tengamos ese deseo en nuestro corazón de hablar de Jesús, de hablar de Dios.

Por otro lado, hoy también se nos habla de la eficacia de la oración, tanto en la primera lectura como en el Evangelio, de San Lucas.

En la primera lectura podemos pensar en ese pueblo israelita que iba caminando por el desierto, caminó 40 años, y cómo en esos 40 años había momentos difíciles, de crisis, de desánimo, a veces le reclamaban a Moisés, le decían: «Estábamos mejor ahí en Egipto», y Moisés oraba, y el Señor Dios nunca los dejaba desamparados. Pero también fíjense que en ese camino había luchas militares, otros pueblos que se peleaban con los israelitas. Y entonces Moisés oraba a Dios y salieron victoriosos, porque ellos iban rumbo a la tierra prometida. Estaba ya cansado Moisés y escuchamos cómo le detenían los brazos para que siguiera orando. Y termina la lectura diciendo que vencieron, porque experimentaban la presencia de Dios.

Por otro lado, el Evangelio nos habla de una viuda y de un juez corrupto. Era malo, y la viuda tenía un caso qué resolver e iba con el juez, y el juez no le hacía caso. Pero ella seguía yendo y yendo y yendo, hasta que el juez dijo: «Bueno, ya para que no esté molestando, le voy a resolver el caso». Y la parábola termina diciendo: «Si esta era una persona mala, corrupta, ¿qué pasará si nosotros le pedimos a Dios, que es bueno y generoso?», nos va a escuchar.

Y aquí el elemento fundamental es; la perseverancia. Yo les he dicho muchas veces que la oración no es perder el tiempo. El que venga uno al Sagrario, el que hagan oración en su casa, en el templo, va a dar una fortaleza, porque recibe uno al Espíritu Santo. Así que qué importante es que la oración es una fuerza, que muchas veces no la utilizamos. Y no solamente la oración es para pedir, la oración es para dar gracias, es para alabar a Dios.

Le llamaba mucho la atención al Santo Cura de Ars que siempre veía a una persona que se la pasaba haciendo oración y duraba horas. No se aguantó y le fue a preguntar: “Oye, ¿por qué duras tanto haciendo oración?, ¿qué haces?” Y él solamente dijo: “Es que yo lo miro y Él me mira”, es decir, Dios nos ve y nosotros vemos a Dios.

Pues que sigamos siendo misioneros y misioneras, y también gente de oración, porque tenemos fe en que Dios nos escucha. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla