«Optar por Cristo y los valores del Reino de Dios»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
En este XX Domingo del Tiempo Ordinario los saludo a todos con afecto, y también a los que siguen esa transmisión. Me acompaña el Padre Alejandro Valdez, concelebra con un servidor esta Eucaristía.
El mensaje principal este domingo es que estamos nosotros invitados a optar por Cristo y los valores del Reino de Dios; hay veces que no optamos por Cristo, sino por otros intereses, y por eso como discípulos misioneros esa es la invitación.
Cuándo nos bautizaron, nuestros papás y padrinos fueron testigos y después de que el sacerdote dijo nuestro nombre y derramó el agua sobre nuestra cabeza diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», y después de que recibimos ya la vida divina, la vida en el Espíritu, la vida de Dios, como hijos, como hijas; después viene un momentito muy importante en el que se unge con el Santo Crisma la cabeza del que se bautiza y se dice una oración con la que uno queda unido a Cristo Profeta, Sacerdote y Rey. Es decir, nos configuramos a Cristo, es la invitación para que vivamos siendo también como Jesús: profeta, sacerdote y rey.
Y hoy me detengo en ser profeta, porque el profeta no es el que adivina el futuro, el profeta es el que anuncia la Palabra de Dios, anuncia los valores del Reino de Dios; y también denuncia, lo contrario, cuando no se va por los caminos de Dios.
Así la primera lectura que escuchamos este domingo, del profeta Jeremías, él cumplía su misión de anunciar a Dios, su plan, y eso le causaba muchos problemas, porque a muchos no les gusta seguir esos lineamientos, esa Palabra de Dios, sobretodo a los poderosos. Y decidieron aventarlo a un pozo. El tiempo que le tocó a vivir a Jeremías fueron tiempos complicados. De tal manera que después algún etíope fue con el rey a decirle lo que sucedía y fueron a rescatarlo del pozo. Pero siempre, cuando se busca la justicia, la verdad, el amor, la esperanza, hay dificultades.
Y el profeta por excelencia es Jesucristo. Hoy nos puede causar un poquito de extrañeza el Evangelio, porque dice: «Yo no he venido a traer la paz, y va a haber división». Tenemos que entender que no vino a traer una paz tranquila, una paz pasiva. Ciertamente Jesucristo es la Paz y quiere que la paz, que vivamos. Jesús es el modelo, y hablaba sobre el Reino de Dios, que todos somos hermanos. Hablaba de la fraternidad y a algunos no les gustaba, y por eso era perseguido. De tal manera que lo clavaron en la cruz, que es el mayor sacrificio, y que Él dio la vida por todos nosotros, por anunciar el proyecto de su Padre, el proyecto de Dios.
Por eso cuando nosotros queremos ser auténticos, cuando queremos anunciar el Evangelio, pues muchas veces vamos a encontrar dificultades, incluso puede ser en la misma familia, en el ambiente de trabajo, pero la invitación es que nosotros hoy renovemos nuestra fe y nos comprometamos a ser seguidores de Jesús, discípulos y misioneros.
Terminando esta Eucaristía saldré yo a la Basílica de los Remedios para tener una Eucaristía con los jóvenes, el Jubileo de los Jóvenes, jóvenes que van a participar de todas las parroquias. Se acaba de vivir el Jubileo en Roma hace unos días y el Papa León XIV en su mensaje decía que “los jóvenes deben ser artesanos artesanos de esperanza y de paz”, esas dos palabritas. Recuerden ustedes que este año estamos en el Jubileo como Peregrinos de Esperanza, la esperanza, que es activa, la esperanza de que creemos en un mundo mejor, la esperanza de que creemos en el Cielo, en la vida eterna. Por eso necesitamos ser personas de esperanza, pero también de paz, aunque a veces el buscar la paz nos traiga algunas dificultades, ¡no importa! Y el Papa recalcó mucho a los jóvenes estas dos palabras: esperanza y paz. Que nosotros seamos también valientes para anunciar el Evangelio a pesar de las dificultades que pueda traer nuestro anuncio, porque somos profetas, profetas que anunciamos la Palabra de Dios y denunciamos lo que va en contra de la Palabra de Dios.
Pues que el Señor nos acompañe a todos, su Espíritu Santo, y sobre todo que los adultos sigan transmitiendo la fe a sus hijos, a sus nietos. El hecho de que en Roma se reuniera más de un millón de jóvenes de 150 países del mundo es un signo de esperanza, y necesitamos seguir anunciando el Evangelio a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes. Hay países en Europa en que se dejó pasar esto y ahora en los templos se ve pura gente grande. Necesitamos que los jóvenes dinamicen, que los jóvenes renueven también nuestra Iglesia, y por eso la mejor herencia que puede dejar un papá y una mamá a sus hijos es la transmisión de la fe, la fe en un Dios que nos ama y que nos invita a ser hermanos. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arquidiócesis de Tlalnepantla