HOMILÍA EN EL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

August 10, 2025


HOMILÍA EN EL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

«Tengamos los pies en la tierra y la mirada en los bienes del Cielo»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Saludo a todos ustedes que están presencialmente aquí en nuestra Catedral de Corpus Christi, y también a las personas que nos siguen a través de las redes sociales y medios digitales en el territorio de nuestra arquidiócesis, en otros lugares de la República Mexicana y en otros países. Hoy quiero dar un saludo especial a mis hermanos diáconos, en esta fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir.

El Evangelio siempre nos da pautas, líneas y cosas muy concretas para nuestra vida. Recordarán el domingo pasado la parábola de aquella persona que pensaba solamente en sí misma, a la que le iba muy bien materialmente e hizo una gran bodega para almacenar sus granos. Pensaba: "ya tendré oportunidad de darme una buena vida", pero se había olvidado de los demás, del prójimo, y principalmente de Dios. La parábola nos contaba cómo el Señor lo llamó a su presencia esa noche, y la pregunta final era: ¿De qué nos sirve ganar el mundo entero si perdemos nuestra vida?

Hoy, la Palabra de Dios tiene mucha relación con este pensamiento que expresamos. Yo lo resumiría de esta manera: debemos tener los pies en la tierra y la mirada en los bienes del Cielo. Porque la idea fundamental de este domingo, de las lecturas, es que estemos vigilantes, que estemos atentos, ya que no sabemos el día ni la hora. Esto no es para que nos atemoricemos o para que vivamos con miedo, sino para vivir las enseñanzas del Señor. La clave está en cumplir nuestras responsabilidades cotidianas según el proyecto de Dios, según el Evangelio.

En la Iglesia, sabemos que hay tres tareas fundamentales: estamos llamados a ser profetas, sacerdotes y reyes. Esto inicia desde el Bautismo, cuando el sacerdote nos configura con Jesucristo, profeta, sacerdote y rey. De tal manera que todos estamos invitados a tener un contacto con la Palabra de Dios. El profeta siempre habla de Dios, y si nosotros no tenemos una relación con la Sagrada Escritura, ¿de qué se va a llenar nuestro corazón y nuestra mente? Estamos llamados a anunciar a Cristo, pero primero tenemos que conocerlo. Ahí está la tarea profética. También tenemos la tarea litúrgica, es decir, ser sacerdotes, ofrecer nuestra vida a Dios. Por eso, para la Iglesia Católica es importante la celebración de la Eucaristía como centro de la vida cristiana. Y finalmente, somos reyes, pero en el sentido de servidores. «Yo no vine a ser servido, sino a servir y dar la vida por los demás».
Preguntémonos:

    •    ¿Qué tanto participamos de la Palabra de Dios y qué tanto la anunciamos a los demás?
    •    ¿Cómo tenemos los sacramentos en nuestra vida, principalmente la Eucaristía?
    •    ¿Qué tanto hacemos caridad y damos la vida por los demás?

Hoy tenemos el ejemplo hermoso de San Lorenzo, mártir, de quien el diácono Mario nos decía algunos elementos. Hoy la Fiesta coincide con domingo, pero se utiliza el ornamento rojo porque San Lorenzo dio la vida por Jesús, por Cristo, derramó su sangre por el Señor. Y nosotros sabemos que San Lorenzo es el patrono de los diáconos. Nos situamos en el siglo III, durante la persecución a los cristianos, donde el emperador Valeriano hizo un edicto para matar a todos los obispos, sacerdotes y diáconos. Desde el inicio de la Iglesia, el diaconado se concibió como un servicio a los demás. La diaconía significa “servicio”. Los Apóstoles ya no alcanzaban a evangelizar y por eso nombraron diáconos, para que ayudaran sobre todo en la línea de la caridad y lo social.

San Lorenzo era alguien muy cercano al Papa Inocencio II, y a él le tocaba administrar los bienes de la Iglesia en Roma, aunque era de origen español, y le tocaba repartir la comida a los pobres, ayudar a los menesterosos y encargarse de la caridad, y lo hacía de una manera muy eficaz, con mucho amor, porque el centro de su vida estaba en la Eucaristía. Los proyectos de Dios son grandes, y la Iglesia vivía en persecución, y matan al Papa Inocencio II, y a los cuatro días después a San Lorenzo. Pero antes, el emperador llamó a San Lorenzo, que administraba todos los bienes de la Iglesia, y le pidió que le dijera dónde estaban los bienes de la Iglesia, porque los quería para sí mismo. Y San Lorenzo reunió a todos los pobres, a los mendigos, a los menesterosos y a los inválidos, y se los presentó al emperador, diciéndole: «Esta es la riqueza de la Iglesia: los pobres».

Después de eso, como no cedió a las intenciones del emperador, tuvo una muerte muy difícil, pues murió quemado. Lo pusieron en una parrilla para que fuera consumido por las llamas, pero su rostro se mantuvo sereno y alegre porque moría por el Señor.

Hoy tenemos el ejemplo de San Lorenzo, que buscó los bienes del Reino de los Cielos. Por eso, así empieza el Evangelio de hoy: «Jesús les dice a sus discípulos que les ha dado el Reino de los Cielos», que nos ha dado a nosotros el Reino de los Cielos. Tengamos los pies en la tierra, en la realidad, pero siempre nuestra mirada en los bienes del cielo. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla