«El prójimo es el necesitado»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
Como todos los domingos, les saludo con afecto a quienes están aquí en esta Catedral de Corpus Christi y también a las personas que están siguiendo esta Eucaristía dominical desde distintos lugares en nuestro México y también fuera: que todos experimenten la paz que da el Señor.
Acabamos de escuchar el Evangelio de San Lucas, la parábola del Buen Samaritano. Estoy seguro de que la han escuchado, la hemos escuchado varias veces, y la pregunta es si nosotros nos parecemos al Buen Samaritano en este mundo complejo en el que vivimos, donde a veces nos vamos acostumbrando a las situaciones de violencia, de inseguridad, de ver hermanos con necesidades y pasar de largo, sin detenernos, porque vamos convirtiéndonos en personas insensibles, y que hoy, precisamente, la Palabra de Dios nos invita a seguir las enseñanzas de Jesús.
Esta parábola tiene tres partes. La primera es la intervención de esta persona letrada, esta persona que conocía muy bien la ley, conocía muy bien la Palabra de Dios: era un doctor de la ley. Entonces se acerca a Jesús para ponerlo a prueba, para ver qué decía Jesús, y precisamente le hace una pregunta muy interesante: «¿Qué tengo que hacer yo para ganar la vida eterna?» Es una pregunta trascendental, una pregunta en la que se juega la vida. Y entonces Jesús le dice: «¿Qué dice la ley?». El doctor de la ley conocía los primeros libros de la Biblia: Deuteronomio, Levítico. Y le dice esas palabras que utilizan mucho los judíos: «Shemá Israel», lo que dice la ley: «Escucha, Israel: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Y al prójimo como a ti mismo». Conocía bien la ley.
En la segunda parte vemos que Jesús le propone precisamente esta parábola del Buen Samaritano porque el escriba le pregunta: «¿Quién es mi prójimo?». Sabía muy bien la primera parte: amar a Dios con todas sus fuerzas, en primer lugar. Pero, ¿quién es el prójimo? Es la pregunta también: «¿Quién es mi prójimo?». Y entonces Jesús le contesta con esta parábola, donde hay una persona a la que asaltaron, la golpearon y la dejaron media muerta en el camino. De tal manera que pasó un sacerdote y tenía mucha prisa, y entonces no se detuvo a ver a esta persona en necesidad. Lo mismo pasó con la segunda persona, el levita, que eran personas muy religiosas que también iban mucho al templo, y también pasó de largo. Pero en tercer lugar aparece el Samaritano, y él se detiene. Sabemos lo que sucedió: lo ve, hace lo que puede ahí con él, y después lo sube a su cabalgadura y lo lleva a un lugar para que lo atiendan. Incluso da un dinero para que lo puedan atender bien, diciendo después: «Cuando regrese, si algo falta, yo lo pongo». El Samaritano no era judío, era un extranjero, era alguien que no iba al templo, alguien que no conocía la Ley. Sin embargo, fue el que se detuvo. Y entonces Jesús le dice al doctor de la ley: «¿Quién se portó como prójimo?». Él responde: «El último». Por eso Jesús le dice finalmente: «Vete y haz tú lo mismo».
Por eso yo empezaba en esta conversación familiar preguntando qué tan buenos samaritanos somos nosotros. ¿Nos parecemos a lo mejor al sacerdote o al levita? ¿O nos parecemos al Samaritano? El Evangelio siempre nos habla de lo fundamental, que es el amor conectado con la vida, el amor demostrarlo en la vida. Y nosotros sabemos que por excelencia el Buen Samaritano es Jesús; es el modelo para todos nosotros. Él siempre se detenía a ver aquellas personas necesitadas: al paralítico, al ciego, al sordo, al pecador, a aquel que lo necesitaba, se detenía.
Que este pasaje del Evangelio, del Buen Samaritano, nos ayude a ver que el prójimo es el necesitado. Y eso, yo creo, le quedó bien claro al doctor de la ley. Para ellos el prójimo era el paisano, el de la colonia, el del mismo país, pero otros no eran prójimo. Jesús dice que el prójimo, no importa el color de la piel, no importa el lugar donde nació, no importa las características que tenga: el prójimo es el necesitado, el próximo que está ahí y que lo necesita. Seguramente el doctor de la ley, que le puso esta pregunta como una prueba, quedó sorprendido por la sabiduría de Jesús, por la claridad, por la sencillez de su respuesta y su profundidad. Y la enseñanza para todos nosotros es atender al que lo necesita, que requiere nuestra ayuda y que a veces no es tan fácil. Pero en el rostro del necesitado está Jesucristo Nuestro Señor.
Que el Señor los bendiga a todos, nos ayude para ser buenos samaritanos, y a las mujeres, buenas samaritanas, y ver por aquel que lo necesite. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla