HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

July 06, 2025


HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

«La Misión de evangelizar y la Paz que viene de Dios»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

A todos les saludo con aprecio en este domingo en que estamos aquí en la celebración para tener un encuentro con nuestro Dios, este Dios que quiere ser cercano y que nos ama y que quiere que tengamos paz en nuestra vida.

Hoy precisamente quisiera yo tratar brevemente dos temas a partir de la palabra de Dios que escuchamos en este domingo. El primero es la misión de nuestra Iglesia, la misión que es evangelizar, llevar la buena noticia a los demás. Y el otro tema que es la paz.

Primeramente escuchamos en el Evangelio de San Lucas cómo Jesús envía a 72 a que vayan a llevar la Buena Noticia. Y podemos ver que esta invitación es para nosotros en nuestro siglo XXI. Sabemos nosotros que Jesús envía a sus discípulos para proclamar la Buena Noticia, para proclamar el año de gracia del Señor, para proclamar que tenemos un Dios que nos ama, que es el mandato misionero.

Solamente fueron 72 a los que envió con instrucciones muy precisas. Que no llevaran morral ni llevaran comida, son detalles, pero en el fondo lo que dice Jesús es que lo llevaran a Él a los demás, que tuvieran su seguridad en Él, que iban a encontrar retos, dificultades, pero que fueran convencidos de que el Señor los acompañaba. Y ahora podemos decir nosotros también en nuestros días que, cuando confiamos nosotros el Espíritu Santo nos acompaña en este mundo de gran escepticismo, en este mundo que en la práctica no tiene en cuenta a Dios.

Por eso nos dice hoy el Evangelio: «La cosecha es mucha y los obreros son pocos». Tenemos que rogar al dueño de la mies que envíe obreros. Se necesitan evangelizadores, pero primeramente tener la experiencia de Dios para poderla compartir.

Anteriormente teníamos dos ideas que hemos ido purificando, que la misión de evangelizar corresponde solamente a algunas personas: al Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a las religiosas, a las catequistas. Pero hemos ido tomando conciencia de que la responsabilidad es de todos los bautizados. Cuando nos bautizaron, el sacerdote derramó agua sobre nuestra cabeza y nos dijo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo." Y con el bautismo nos configuramos con el triple ministerio de Jesucristo: profeta, sacerdote y rey.

¿Qué quiere decir esto? El profeta es el que anuncia y el que denuncia. El sacerdote es el que ofrece su vida al Señor, y todos somos sacerdotes desde el Bautismo, se llama el sacerdocio real, el sacerdocio común, y los que somos sacerdotes tenemos el sacerdocio ministerial, pero todos participamos del sacerdocio, que es ofrecer la vida a Dios, y la Eucaristía es el centro de esta celebración de la Liturgia. Y por otro lado, también somos reyes, en el sentido de ser servidores de los demás. De tal manera que la responsabilidad de evangelizar es de todos los bautizados.

Y no se necesita ir a África o Asia o a la Amazonia para llevar el Evangelio. Qué bueno que algunos hermanos van a esas tierras para que conozcan a Jesús, pero la misión está aquí, la misión está aquí en la colonia, la misión está aquí en nuestra casa, la misión está en las periferias, donde mucha gente no conoce a Dios o a lo mejor lo conoce muy superficialmente y no tiene una vivencia profunda de Dios.

De tal manera que hoy volvemos nosotros a escuchar en nuestros oídos esa voz que nos dice: «Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio», pero tenemos que empezar en nuestra propia familia.

Ahora que salgo yo mucho los sábados a Confirmar a varias parroquias, les digo que tenemos que alimentar nuestra fe, porque si no se apaga. Y la fe se alimenta en la familia. Qué hermoso es cuando en una familia abren la Palabra de Dios, la Biblia, y la comentan, cuando se reúnen los abuelitos, los papás, los hijos, a leer un pasaje del Evangelio, a que esa Palabra llegue al corazón y uno busque practicarla. Qué hermoso es cuando en una casa se reza el Santo Rosario, eso es alimentar nuestra fe, cuando se tiene presente a Dios.

Por eso el Señor envía a 72 a evangelizar, y de repente, cuando ellos regresan, le dicen: «Hemos sometido a los demonios». Y les dice: «No presuman. No son ustedes los que han hecho esto, sino es Dios. Mejor alégrense de que sus nombres estén inscritos en el Cielo.» Por eso yo los invito a que evangelicemos también en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra colonia, en donde nos encontremos, que seamos valientes para anunciar a Jesús, que no nos dé vergüenza, no nos dé pena decir que somos católicos y que confesamos nuestra fe en quien es el camino, la verdad y la vida, que es Jesús.

El otro tema es la paz. Las tres lecturas de hoy, Isaías, San Pablo y San Lucas nos hablan de la paz. Todas las Misas, han escuchado los domingos, empiezo yo pidiendo por la paz. Pero la paz tenemos que profundizarla y ver que la paz no solamente es ausencia de guerra, que no haya guerra, que no haya conflicto. No, puede no haber guerra, pero también no hay fraternidad, no hay comunidad, no hay solidaridad. En cambio, cuando hay paz significa que Dios esté presente ahí, que Dios esté presente porque la paz es un regalo de Dios, pero todos lo vamos construyendo. Puede que en una familia no haya conflicto, no haya pleitos, no haya guerra, pero tampoco hay apoyo, no hay solidaridad, no hay fraternidad. La paz es más profunda, la paz significa que Dios esté presente en nuestro corazón, que esté presente en nuestro hogar, que esté presente en nuestra comunidad, esa es la paz, porque si hay esa paz va a haber ayuda, va a haber fraternidad, va a haber cariño, va a haber amor.

Pues que estas dos ideas que he expresado nos ayuden a tomar conciencia de que somos misioneros y misioneras, pero antes somos discípulos y discípulas, tenemos que llevar el Evangelio a los demás, y por otro lado pedir por la paz, pero que esta paz sea tener a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla