Ordenaciones presbiterales en la solemnidad de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Apreciados diáconos Diego Ignacio Olvera García y Tonatiuh Miranda Plata, quienes recibirán el día de hoy, por gracia de Dios, el sacramento del orden sacerdotal, precisamente en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, en esta Catedral Corpus Christi, sede de nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla, los saludo con afecto.
Estimados hermanos sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas; papás, hermanos y familiares de quienes recibirán la ordenación: a todos les saludo con júbilo en este acontecimiento eclesial.
Quiero pedirles una oración por el papá de Diego, el señor Porfirio, que hace unas horas ingresó al hospital. Me comunica el diácono Diego que recibió ahorita noticias de que está mejor, y estamos seguros de que saldrá adelante sobre todo y con nuestra oración y nuestra solidaridad.
Saludo también a las personas que siguen nuestra celebración a través de los medios digitales de comunicación, en sus hogares y en distintos lugares, pidiéndoles que se unan en oración para pedir que estos hermanos tengan un ministerio sacerdotal fecundo.
Diego y Tonatiuh, den gracias a Dios en primer lugar, porque los ha elegido, los ha llamado y los envía para ser colaboradores cercanos, discípulos misioneros en la obra de la salvación. Den gracias a sus familiares, de manera especial a los más cercanos: sus padres, hermanos y hermanas; a los formadores del seminario, compañeros seminaristas, sacerdotes que los acompañaron, a las religiosas y personas que encontraron en sus apostolados. Todos ellos y ellas son importantes en la historia de su vocación.
Estos hermanos nuestros, Tonatiuh y Diego, después de pensarlo seriamente, van a ser ordenados para el sacerdocio en el Orden de los presbíteros, a fin de hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como Pueblo de Dios y templo santo.
Ha sido un camino diferente para cada uno de ustedes, pero hay quieren decirle "Sí" al Señor, confiar en su gracia. Tuve la oportunidad todo este año de que vinieran a ayudarme en la celebración todos los domingos y he visto la seriedad para tomar esta opción.
Al configurarlos con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y unirlos al sacerdocio de los Obispos, la Ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar al Pueblo de Dios y celebrar el culto divino en el sacrificio del Señor.
Hoy quedará grabado en su mente y en su corazón que su ordenación sacerdotal se realizó el día de la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Escuchamos en el Evangelio de hoy:
«Llegada la hora de cenar, se sentó con sus discípulos y les dijo: '¡Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer!, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios.'»
Jesús anhelaba este momento en el que, a partir de entonces, con su cuerpo, su alma y su divinidad, bajo las especies del pan y del vino, lo da a sus discípulos diciendo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes.»
Todo esto tuvo lugar en el cenáculo de Jerusalén, en víspera de la Pascua, cuando Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo: en el cuerpo entregado, en la sangre derramada, ofreciéndose al Padre como víctima, sacerdote y altar.
Y es precisamente aquel Jueves Santo el que nos remite y nos vincula a la festividad que hoy celebramos, en la que Cristo se reunió con sus discípulos más íntimos para instituir el sacramento del amor.
La celebración eucarística es más que un simple banquete: es el memorial de la Pascua de Jesús. Es el misterio central de la salvación. Memorial no significa solo un recuerdo: significa que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Jesucristo es Sumo y Eterno Sacerdote, que instituye el sacerdocio y la Eucaristía; al despedirse, promete su presencia viva, poniendo en manos de los apóstoles al Espíritu Santo, quien hará realidad el misterio de la Eucaristía. Estamos invitados todos nosotros, discípulos misioneros —de manera particular los sacerdotes— a tener la Eucaristía como centro de cada jornada y de todo el ministerio.
Me gusta hacer alusión a una frase profunda de Benedicto XVI —de feliz memoria—:
«Que la Eucaristía sea una escuela de vida, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz enseñe a hacer de ti un don total a los hermanos.»
Queridos diáconos, en este día de su ordenación sacerdotal tengamos —y tengan— presente a la Santísima Virgen María. No se entiende un sacerdote sin María. Ella, ofreciéndose en cierto modo a Jesús y con Jesús en la Misa del Calvario, también está misteriosamente presente en cada Eucaristía que celebra el sacerdote. No tengan duda de que la Virgen María, en su advocación de Guadalupe y en su advocación de Los Remedios —Patrona de nuestra Arquidiócesis, de nuestro Seminario y de nuestro Presbiterio—, siempre estará cerca de ustedes para animarlos y acompañarlos, a que sigan las huellas de su Hijo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Tonatiuh y Diego, hoy también quedará grabado en su mente y en su corazón que su ordenación se realizó en el año 2025, Año Santo Jubilar inaugurado por el Papa Francisco —que de Dios goce—, y que abrió en la Navidad de 2024 con una Bula que se llama Spes non confundit —La esperanza no defrauda. Se nos ha invitado a todos los miembros de la Iglesia a que seamos "Peregrinos de la Esperanza" en este mundo complejo y con falta de esperanza que nos ha tocado vivir. Quiero hacer alusión al No. 18 de esta Bula, que es para todos los católicos, pero hoy lo dirijo a ustedes de manera especial, para que lo vivan:
“La esperanza, junto con la fe y la caridad, constituye el tríptico de las virtudes teologales que expresan la esencia de la vida cristiana (cf. 1 Co 13,13; 1 Ts 1,3). En su unidad inseparable, la esperanza es la virtud que, por así decirlo, da dirección y propósito interior a la vida de los creyentes. Por esta razón, el apóstol Pablo nos anima a ‘alegrarnos en la esperanza, ser pacientes en el sufrimiento y perseverar en la oración’ (Rm 12,12).
Sin duda, necesitamos ‘abundar en la esperanza’ (cf. Rm 15,13) para que podamos dar un testimonio creíble y atractivo de la fe y el amor que habitan en nuestros corazones; para que nuestra fe sea gozosa y nuestra caridad entusiasta; y que cada uno de nosotros pueda ofrecer una sonrisa, un pequeño gesto de amistad, una mirada amable, un oído atento, una buena acción, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, estos puedan convertirse, para quienes los reciben, en semillas de esperanza.”
Estamos —y están— llamados a ser profetas, testigos y servidores de la esperanza.
Queridos diáconos Diego y Tonatiuh:
Que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo les bendiga y haga fructífero su ministerio sacerdotal. Amén.
+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla