V DOMINGO DE PASCUA
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, en este Quinto Domingo de Pascua, quiero saludar a todos ustedes que están participando en esta Eucaristía en nuestra Catedral Corpus Christi. A nuestros hermanos laicos y laicas, a las hermanas religiosas; también saludo a los padres que están aquí: el Padre Alejandro, que es rector del seminario; el Padre Rodrigo; el Padre Edgar, que están en el equipo coordinando el equipo de pastoral de adolescentes y jóvenes vocacional. A todo el equipo lo saludo. A los jóvenes que hoy han venido de las distintas zonas, representantes. Realmente, que sea una celebración para dar gracias a Dios por el don de la vocación, la vocación que nos da a todos nosotros. Y también quiero saludar a los que, a través de los medios digitales y las redes sociales, nos siguen en esta Eucaristía, dentro del ámbito de nuestra arquidiócesis, pero también en otras poblaciones, ciudades de la República Mexicana y también del extranjero. Que esta celebración también los llene de bendiciones, lo mismo a los que escuchan la Eucaristía a través de Radio María.
Seguimos en este tiempo de alegría y de gozo por la Pascua, por la resurrección del Señor, porque estamos convencidos nosotros de creer en un Cristo cercano, en un Cristo vivo, en un Cristo resucitado. Y que hoy lo encontramos en el Evangelio que está en el cenáculo, ahí en Jerusalén, donde celebró la Última Cena. Les comparto que hace tres semanas estuve yo en Israel y tuve la fortuna de celebrar con otros hermanos obispos la santa misa en este lugar, en el cenáculo, donde Jesús celebró su Última Cena. Y ahí pensé yo en la arquidiócesis de Tlalnepantla, pensé en mis amistades, en mi familia, en los lugares donde he estado también para pedir al Señor sus bendiciones. Y en ese contexto de la Última Cena, Jesús, que sabe que ya está próxima su partida, es decir, de vivir su pasión, les da el testamento, un testamento a sus discípulos, a sus apóstoles: "Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado". Primeramente, dice: "Mi Padre me ha glorificado", y Él deja lo más importante: el amor. Incluso ustedes, que conocen la Sagrada Escritura, en el Antiguo Testamento, en los primeros libros de la Sagrada Escritura, en el Deuteronomio, en el Pentateuco, los primeros libros de la Biblia, especialmente el Deuteronomio, los judíos hasta la fecha siguen repitiendo esas palabras: "Shemá Israel, escucha Israel: amarás al Señor sobre todas las cosas, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo".
Nos podemos preguntar esta mañana: ¿en dónde está la novedad de lo que nos dice Jesús? Porque ya sabemos que el amor es el mandamiento principal: el amar a Dios y el amar al prójimo. La novedad está en las palabras: "como yo los he enseñado". Es decir, Jesús es el modelo. Y si nosotros queremos entender más el amor, tenemos que estar de rodillas ante el crucifijo, ante la imagen de Cristo muerto. Porque es la expresión máxima del amor, dio la vida por nosotros, y el amor es lo esencial. Podemos nosotros participar en un grupo juvenil, en una asociación piadosa, en un grupo de evangelización, en un movimiento. Podemos participar mucho en la Iglesia, pero si no tenemos amor, no estamos cumpliendo lo más importante. Podemos nosotros, en cierto sentido, parecernos a los fariseos, que se fijaban mucho en las prescripciones, en las leyes, pero no en lo esencial, que es el amor. Y basta que nosotros leamos y releamos los Evangelios, y ahí vamos a encontrar a Jesús: cuáles son sus actitudes, cómo se relacionaba con la gente, cuáles eran sus palabras. Y entonces se nos pide que amemos a los demás como Él nos amó. Pero no olvidemos algo bien importante: que el que nos ama primero es Dios. Dios sale al encuentro de nosotros y nos manifiesta su amor. De hecho, toda la Sagrada Escritura es una historia de amor de Dios con su pueblo, y Dios nos sigue manifestando su amor.
Entonces, yo creo que es algo muy atractivo para nosotros. No es fácil, como escuchamos en la Primera Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo andaba Pablo y Bernabé por todos lados predicando el Evangelio y encontraban retos, dificultades. Pero ellos lo hacían con amor, y entonces llevaban el Evangelio de Jesucristo. El amor es lo que debe caracterizar al cristiano, debe ser como su distintivo. A mí me maravilla siempre ver las primeras comunidades, cómo crecían. Crecían las primeras comunidades y cada vez había más cristianos. ¿Cuál era el secreto de las primeras comunidades? Que se querían, que se amaban, que eran constantes en la oración, en la fracción del pan; y que a nadie le faltaba nada porque todos estaban al pendiente: el amor era la señal, el distintivo.
Qué hermoso es que nosotros también entendamos y sobre todo busquemos vivir el amor en la solidaridad, en el respeto, en la empatía, en la cercanía con los demás. Muchas veces podemos nosotros alejar a mucha gente de Dios cuando nuestras actitudes no son cercanas, cuando en los grupos nos adueñamos de la palabra, de los servicios en una parroquia. Pero cuando nosotros abrimos los brazos a los demás, somos incluyentes, invitamos a que otros participen, yo creo que mucha gente se acercaría si nosotros actuamos con amor, actuamos con generosidad. Pues esta enseñanza es un reto para nosotros: vivir en el amor. "Ámense los unos a los otros como yo los he amado", dice Jesús. Que el Espíritu Santo llegue a nosotros para que vayamos haciendo vida el mensaje de Jesús. Así sea.
+Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla