DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Hoy tenemos, en toda la Iglesia universal, la gran noticia de que Cristo ha resucitado. Por eso, este Domingo de Pascua celebramos el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la opresión a la libertad. Anoche estuvimos aquí en una ceremonia muy hermosa que se llama la Vigilia Pascual, donde encendimos este Cirio que representa a Cristo, luz del mundo, Cristo resucitado. Y, ¿saben que? esta es la noticia más grande que podemos recibir, porque es el centro de nuestra fe. Que Cristo resucitó cambia el rumbo de la historia de la humanidad, cambia nuestra propia historia, porque al resucitar, Él también nos abre a todos las puertas de la eternidad, las puertas del cielo. Y por eso somos conscientes de que nuestra vida es un caminar, somos peregrinos, y este año, más aún por ser Año Jubilar, Año Santo Jubilar, nos habla de que somos peregrinos de esperanza en un mundo con tantas malas noticias, con un porvenir difícil. Sabemos que Jesucristo es nuestra esperanza.
Y realmente, al escuchar el Evangelio, vemos cómo María Magdalena fue muy temprano adonde habían puesto a Jesús muerto y encontró que la piedra que tapaba el sepulcro estaba removida, una piedra muy pesada. Ella, pues, de repente se asustó, pero fue corriendo a avisarle a sus discípulos, a sus apóstoles, lo que había pasado. Y corrieron dos de ellos cercanos a Jesús, uno Pedro y el otro Juan, que era más joven y corrió y llegó antes, solamente se asomó por respeto a Pedro, lo esperó, y cuando llegó Pedro, entraron al sepulcro y encontraron los lienzos doblados. No era un sueño, no era una imaginación, sino que Cristo había resucitado, el Padre lo resucitó de entre los muertos. Y de veras que para los cristianos pues debe llenar de alegría nuestro corazón.
En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, ya que había recibido al Espíritu Santo, empezó a predicar el kerigma, el anuncio gozoso de Jesucristo, y a toda la gente les decía: 'Jesús resucitó. Él pasó haciendo el bien por el mundo. Nosotros no entendíamos, pero ahora hemos abierto los ojos y sabemos que Él es el Mesías, el Señor del universo'. Qué hermoso hoy que también se den las confirmaciones de ustedes, jóvenes, que van a recibir al Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo les da los dones: la sabiduría, la fortaleza, la piedad, la ciencia, el temor de Dios, el entendimiento. Todos esos dones se los da el Espíritu Santo para que cumplan una tarea, lo que nos dice Pedro: anunciar a Jesucristo. Esa es la tarea, anunciar a Jesucristo no solamente compete al Santo Padre, al Papa Francisco, o a los obispos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los catequistas, sino a todos los bautizados. Tenemos que anunciar a Jesús, y por eso se han preparado para conocer más a Jesús. Nadie da lo que no tiene, y ustedes han tenido una experiencia de Cristo, pero de un Cristo vivo. No tengan miedo, abran las puertas a Cristo y anúncienlo con la fuerza del Espíritu.
Hoy también tenemos es la Eucaristía, cuando pasamos a comulgar recibimos al autor de la vida, Jesucristo, que nos da fuerza para ir colaborando en este mundo y hacer un mundo más amable, un mundo más justo, un mundo más fraterno, un mundo donde se dé más el respeto y también siempre se respete la dignidad humana, la dignidad de todo ser humano, desde la vida en la concepción hasta el final de la vida. Que hoy ustedes comprendan y comprendamos todos que los sacramentos, que son un regalo muy grande que tenemos en la Iglesia, empezando por el Bautismo, no son solamente para recibirlos, sino que son para vivirlos, y que ustedes sigan alimentando esta amistad con Jesús teniendo contacto con la Sagrada Escritura, con la Biblia, haciendo oración en su casa, en su familia, participando por lo menos en la Misa dominical y, sobre todo, transmitiendo a Jesús a los demás, viendo por aquellos que más lo necesitan, como Jesús lo hacía. El programa de Jesús es nuestro programa, el proyecto de Jesús es nuestro proyecto: pasar haciendo el bien por la tierra. Que los padrinos también sean un estímulo, sean alguien cercano para que animen a sus ahijados, a sus ahijadas a seguir los caminos del Señor, porque Cristo vive en medio de nosotros.
Así sea.
+Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla