Homilía del domingo 02 de marzo de 2025

March 02, 2025


Homilía del domingo 02 de marzo de 2025

 

VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús. 

En este octavo domingo le tiempo ordinario, a todos les saludo con afecto; y también a las personas que siguen esta Santa Misa a través de los medios digitales.

Ya el próximo miércoles iniciaremos el tiempo de cuaresma, con el signo de la ceniza, pero quiero invitarlos para que hoy nos hagamos cada uno un examen. Jesús le dijo a sus discípulos —De la abundancia del corazón, habla la lengua, habla la boca —. Lo que traemos en el corazón lo expresamos. Y el examen es, ordinariamente nosotros ¿de qué hablamos? Pues hablamos de la situación del país, de la política, hablamos de la economía, que muchas veces no alcanza para sostener la familia; hablamos también de deportes, de lo que muchos jóvenes, sobre todo del espectáculo, pero también muchas veces hablamos cosas negativas, y hasta somos especialistas en criticar. Por nuestros ojos pasa mucha gente y muchas veces es fijarnos en lo negativo, en los defectos. ¿Qué tanto nosotros hablamos de los valores? De los valores humanos y los valores cristianos. ¿Qué tanto hablamos, en un día, sobre la fraternidad? o como vamos siendo promotores de paz, o ¿Qué tanto estamos influyendo en la unidad, de nuestra comunidad, de nuestra familia, en nuestro trabajo?

Hoy Jesús dice —el árbol bueno produce buenos frutos; el árbol malo produce malos frutos —. Podemos imaginarnos nosotros un árbol que está junto al río y que siempre tiene esa agua necesaria y ese cuidado, ¿qué va a pasar con ese árbol? Va a dar buen fruto. Por su fruto los conoceréis. ¿Qué es lo que espera de nosotros Dios? Que demos buenos frutos: fruto de misericordia, frutos de perdón, frutos de alegría, frutos de buena convivencia. Pero son imágenes que nos ayudan a pensar en nuestra propia vida, por eso les decía que hoy era un examen para cada uno de nosotros. ¿De qué hablamos? ¿Qué frutos estamos dando en nuestra vida? Y para que un árbol de buenos frutos se necesita las raíces, que tenga buenas raíces. Y fíjense, cómo ustedes han pensado, que para dar frutos buenos necesitamos estar unidos a Dios, estar anclados en Jesucristo Nuestro Señor. Alguien que tiene amistad con Dios, alguien que está cerca de Dios, de su palabra, pues no puede dar frutos malos; pero a veces nosotros seguimos la corriente del mundo, del mundo en que vivimos, un mundo de malas noticias, un mundo donde somos egoístas, donde pensamos nada más en nosotros mismos. Y el venir a la Santa Misa, a la Eucaristía, es tener un encuentro con la palabra; y esa palabra nos llega, nos debe llegar al corazón, y del corazón habla la lengua.

Seguramente que en este examen que hacemos vamos a tener cosas buenas y cosas negativas, pero siempre hay la posibilidad de mejorar, por eso es importante la conversión, y la conversión es de todos los días. Convertirse significa Cambiar, pero de acuerdo al proyecto de Dios, no un proyecto cualquiera, sino al proyecto de Dios, donde cada uno de nosotros estamos invitados a colaborar en la construcción de un mundo mejor. 

No se nos olvide el lema de este año santo jubilar, que somos Peregrinos de Esperanza; pero esa esperanza es porque nosotros tenemos esa amistad y esa relación con Dios, y por eso podemos ser personas de esperanza para dar esperanza a nuestros hermanos, a los que viven cerca de nosotros. La vida es tan corta que tenemos que vivirla con esperanza, con alegría. Si nosotros vamos siendo árboles buenos, pues vamos también a tener la posibilidad de orientar a otros. Un ciego no puede guiar a otro ciego porque los dos tienen el peligro de caer en el pozo. Hay veces que nosotros tenemos una viga en nuestro ojo y estamos viendo la paja en el ojo ajeno. Hoy Jesús nos dice primero quítate la viga que traes, y después puedes corregir, fraternalmente y con caridad, a tus hermanos. 

Pues que seamos nosotros árboles buenos, y que demos fruto; y fruto en abundancia. Así sea.

+Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla