SOLEMNIDAD DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús.
Hoy es un día de alegría, en este domingo, por celebrar la solemnidad de la presentación del Señor, del niño Dios en el templo de Jerusalén. Y quiero saludarlos a todos ustedes, de la misma manera a los que están en sus hogares, en algún lugar, siguiendo esta transmisión, aquí en la arquidiócesis,también en algún lugar de México, de la república, y también en el extranjero. Sin duda que esta fiesta, al encender la vela debe encender también nuestro corazón, y también nuestra vida para hacer luz para los demás.
Seguramente que saldremos más iluminados de esta santa Misa. Entendemos cuál es el significado de esta fiesta, que a veces podemos quedarnos en lo externo, en las tradiciones populares, pero no entender el significado profundo de esta fiesta. Y cuando decimos 2 de febrero, ¿en qué pensamos?. En los tamales. Efectivamente en los tamales. Pensamos en aquellos que, el 6 de enero, cuando fue la rosca, pues sacaron el muñequito, al Niño Jesús, y entonces les tocó los tamales. Esto no es malo porque, también cuando se le da el sentido de unidad, de que se reúne la familia para comer unos tamales y un champurrado, un atole de nuez; entonces es algo bueno, necesitamos de otro resarcir el tejido social de la familia que está tan roto. Y qué bonito es cuando se reúne, en fraternidad, en comunión, en convivencia. Pero el significado profundo, aparte también quiero decir que, cuántas cosas, a través del niño Dios, pues se da en nuestra sociedad; a veces hay la mala preocupación ¿cómo lo van a vestir? Y vemos tantos, a través de la publicidad, y a través de los medios de comunicación, todo lo que sucede, de qué van vistiendo al niño Dios.
Y esto es lo externo pero hoy cada uno de nosotros debemos entender que, ya la primer lectura del profeta Malaquías nos prepara, porque dice: va a entrar el Señor al templo; y precisamente en esta fiesta, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos dice lo que sucedió. Primeramente José y María eran muy respetuosos de la ley, y ¿qué decía la ley? Que tenían que ir a presentar al primogénito al templo, entonces tenían que presentarlo en el templo. Y anteriormente esta fiesta se llamaba la fiesta de la Purificación, porque también tenían que purificarse las mujeres. Apenas habían pasado 40 días del parto, del nacimiento de Jesús, y María iba a la Purificación. Y tenían que llevar también una ofrenda, 2 pichones o 2 tórtolas, tenían que llevarla al templo. Hasta ahí estamos bien porque es algo de cumplir la ley, pero en el templo estaban 2 personas que fueron movidas por el Espíritu Santo; una se llamaba Simeón y otra Ana, hija de Fanuel de la tribu de Azer. Los 2 ya eran personas mayores, y lo central del Evangelio de hoy, de esta fiesta, el mensaje fundamental, es que cuando Jesús, el niño Dios, entra con María y José, Simeón reconoce que es el salvador y por eso lo levanta, al niño de 40 días de nacido, y qué digo Simeón: Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu servidor, porque mis ojos han visto al salvador del mundo. Por eso estaba guiado por el Espíritu Santo, y precisamente porque es la Luz, esta fiesta popularmente se llama la fiesta de La Candelaria, las candelas, las velas. Y entonces, Jesús es la luz que debe iluminar a toda la humanidad.
Y eso es lo principal, ¿verdad?, que Jesús debe ser la luz, y por eso nosotros tomamos de Cristo, de la luz que es Cristo, para iluminar a los demás. Ese es el mensaje fundamental. Pero después también le dijo unas palabras muy fuertes, dirigiéndose a María: una espada va a atravesar tu alma, refiriéndose a la pasión del Señor que iba a sufrir, que iba a padecer. Y qué dolor más grande hay para una madre que ver sufrir a su hijo, a su hija; y también se menciona a Ana, aquella mujer de 84 años que quedó muy joven viuda y que se la pasaba en el templo haciendo oración y sirviendo.
Pues queridos hermanos, hermanas, hoy en esta fiesta de La Candelaria, de la luz, y que ustedes han traído a los niños Dios, es para que nosotros lo tengamos presente todo el año, que el niño Dios esté presente en nuestra vida, que nos acompañe, que nos bendiga, y que nosotros nos acerquemos para ver su mensaje, para ver su palabra, y para reproducir lo que él habla y actúa; y también que seamos luz con nuestras obras, con nuestra empatía, nuestra generosidad, nuestro servicio, nuestra fraternidad.
Seamos luz para los demás.
Así sea.
+Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla