Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo nuestro Señor; les saludo a todos ustedes que han venido a participar en esta eucaristía, presencialmente aquí en nuestra catedral Corpus Christi, también quiero saludar a las personas que siguen esta transmisión, dentro del territorio aquí de la Arquidiócesis, en algún lugar de la república méxicana, y en el extranjero, que el Señor nos conceda aumentar nuestra fe.
Recordarán ustedes el domingo pasado el Evangelio que nos hablaba de dos semillas, una semilla pequeñita, de mostaza, y otra semilla, que no decía de qué era, pero que el sembrador salió a sembrarlas, las plantó, la regó; y pasaron los días y las noches y fueron creciendo, y decíamos cómo es obra de Dios, obra del Espíritu Santo, el crecimiento. Porque Dios es el dueño del cosmos, el dueño de la creación, el dueño de la historia, el dueño de nuestras vidas; y este domingo también se nos habla de cómo Dios vence al mar, a la tempestad, al viento. Ya la primer lectura, del libro de Job, nos dice cómo el Señor es el creador, por es es el dueño; a veces nosotros nos creemos los dueños, pero no, y por eso tenemos, entre paréntesis, que cuidar la creación, la ecología, el agua; todo lo que tenemos, tenemos que cuidarlo. Y Dios, ahora se nos habla del mar, de cómo Dios es el dueño del mar. Ya lo dice la primer lectura, pero de una manera más clara, el Evangelio de San Marcos. Es un Evangelio muy bonito porque Jesús siempre estaba trabajando, o cumpliendo su misión, su ministerio; y había estado predicando a una multitud, de tal manera que también el verdadero Dios, pero también verdadero hombre, también se cansaba. Y le dice a sus discípulos que vayan a la otra orilla del mar, la barca; y Él estaba tan cansado que se quedó dormido. Y sobrevino un viento muy fuerte, y también el mar se encrespó, y las olas chocaban contra la barca. Ellos estaban llenos de miedo y Jesús no despertaba, y fueron y lo movieron y le dijeron: Maestro, ¿No te importa que no hundamos? Y entonces Jesús se levantó, increpó al viento y después le dijo al mar: ¡Cállate! ¡Enmudece!. Y volvió la calma, la paz, y después volteó a ver a sus discípulos y les dijo: ¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Qué no voy yo aquí con ustedes?. Y ellos estaban extrañados de quién era, porque había mandado callar al mar y detener al viento. Todavía ellos no tenían una conciencia de quién era totalmente Cristo, el mesías, el salvador. Y también Jesús lo hizo para que ellos aumentaran su fe. Por eso hoy para todos nosotros, vemos que hay tempestades, y podemos ver que hay tempestades en la sociedad que vivimos. A veces hay tempestades en nuestra propia familia, en el trabajo, y en nuestra vida personal, puede haber tempestades, y puede ser que tenemos miedo; pero hoy también el señor nos dice a nosotros como a los discípulos: hombres de poca fe, mujeres de poca fe, ¿Que no estoy yo aquí?.
Por eso queridos hermanos, hermanas, hoy le pedimos a Dios que confiemos más en él. Parece que la barca se volteaba, pero él iba ahí. También en nuestra vida; a veces hay dificultades, hay enfermedades, hay problemas económicos, sociales; pero nosotros debemos confiar en el Señor. Que hoy el señor aumente nuestra fe y caminemos con Él. Así sea.
Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla