«Ven, Espíritu Santo, a renovar el aspecto de la tierra»
Queridos hermanos en Cristo Jesús:
En esta solemnidad de Pentecostés les saludo a todos ustedes que están participando presencialmente en esta Eucaristía en nuestra Catedral de Corpus Christi, a los hermanos que han venido de Teotihuacán y Ecatepec, y también quiero saludar a las personas que están siguiendo esta celebración en distintos lugares de la Arquidiócesis, de la República Mexicana y en el extranjero también, a los que la están escuchando por Radio María; nuestra oración por todos ustedes para que experimenten la presencia del Espíritu Santo.
La fiesta de Pentecostés es una fiesta muy, muy importante. Sabemos que la Pascua es la fiesta número uno, la Resurrección del Señor, y esta fiesta de Pentecostés, que es la venida del Espíritu Santo, le sigue a la Pascua.
Han pasado 50 días de gozo, de celebración, de que hemos escuchado en la liturgia de la Palabra el acontecimiento de la Iglesia naciente, las primeras comunidades cristianas.
Yo quisiera hacerles una pregunta: ¿Realmente sentimos, experimentamos en nuestra vida la presencia del Espíritu Santo? Ojalá que la respuesta sea positiva.
El Espíritu Santo ha estado presente en estos XXI siglos de la historia de la Iglesia. Dios siempre cumple lo que promete, y Él dijo: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos».
Y estos XXI siglos ha estado presente el Espíritu Santo, hay veces que nosotros no nos damos cuenta o es un desconocido.
Nosotros decimos que creemos en un solo Dios verdadero y tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ojalá que nosotros nos dejemos guiar en nuestra vida por el Espíritu Santo y no por el espíritu del mal; porque hay veces que nos dejamos guiar por el espíritu del mal y no por el Espíritu Santo.
Vemos que hoy las lecturas hablan por sí mismas, de cómo, cuando llega el Espíritu Santo a los Apóstoles, ellos empiezan a predicar, y algunos decían: «¿Qué no son solo unos galileos, gente no tan instruida? –porque recuerden que eran pescadores, habían hablado tres años con Jesús, pero era gente voluntariosa, la gente sencilla del pueblo–.
Sin embargo, cuando llega el Espíritu Santo empiezan a hablar las maravillas del Señor y todos, a pesar de que eran de distintos lugares, países, entendían el mensaje de salvación, el mensaje de amor que los Apóstoles comunicaban.
También Dios a través de nosotros puede hacer maravillas si nos dejamos, si somos instrumentos del Señor, «Yo pondré en sus labios las palabras adecuadas», y debe ser una experiencia de vida, porque el Espíritu Santo nos da los dones, los siete sagrados dones que escuchábamos en la secuencia de Pentecostés, la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad, el temor de Dios.
Pero, además el Espíritu Santo nos da los carismas, los talentos, que siempre son para construir, no para destruir; para construir la comunidad, para construir fraternidad, para construir la familia, no para dividir, no para hacer guerra, sino para que se dé la paz.
Así es que hoy termina este tiempo de Pascua, culmina con Pentecostés, y la invitación que yo quiero hacerles es a que abramos nuestro corazón para dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo sabe qué es lo que necesitamos, cuáles son los dones que necesitamos en nuestra vida. Tal vez necesitamos el don de la paciencia, la prudencia, ser solidarios con los demás; pues todos esos dones los va dando el Espíritu Santo.
Hoy el Señor, como a sus Apóstoles, nos da la paz: «La paz esté con ustedes», y la invitación es para que nosotros seamos testigos del amor de Dios en donde nos encontremos.
Cuando llegó el Espíritu Santo a los Apóstoles, cambió totalmente su vida y abrieron las puertas para salir a evangelizar; ¿nosotros también las vamos a abrir o vamos a cerrar nuestro corazón? Si el Espíritu Santo llega, tenemos que abrirlas, abrirnos a los demás.
Qué importante es esa experiencia viva de la presencia de Dios.
Le pedimos al Espíritu Santo por todas las necesidades que tenemos, ahorita sobre todo por la paz en el mundo, la paz en México; pedir al Espíritu Santo por las elecciones, que ya están en puerta, para que sean unas elecciones llenas de responsabilidad, de concordia, de civilidad, de respeto, de paz.
Que sintamos la presencia del Espíritu Santo.
Digamos todos: «Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén».
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla