«Señor, con tu sangre nos has salvado»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
Hace apenas unos días, el Domingo de Ramos, había mucho bullicio, expresiones de júbilo con las palmas, los ramos, recordando lo que sucedió en Jerusalén, cuando Jesús entró a la ciudad santa y cómo la gente cortaba ramas de los árboles y palmas y gritaba: «Bendito el hijo de David. Hosanna en el cielo», y Jesús, de una manera muy humilde, entró en un burrito a Jerusalén.
Pero pocos días después cambia toda está perspectiva, y Jesús sabe que su hora está próxima. Es lo que estamos celebrando hoy, Jueves Santo, la Institución de la Eucaristía, lo que conocemos como la Última Cena.
Recordamos a través de la primera lectura, del libro del Génesis, cuando el pueblo de Israel estaba esclavizado en Egipto y Dios con brazo portentoso pasó por ahí y liberó al pueblo de la esclavitud. Pero para eso el pueblo tuvo que seguir un ritual que decía que sacrificaran un cordero y con su sangre rociaran los dinteles de las puertas, de las ventanas, para que, cuando pasara por ahí el ángel exterminador, pasara de largo. Y la gente hizo también la cena con la carne del cordero y panes ácimos, panes sin levadura. Y después de esto empezó a caminar el pueblo, atravesando el río Nilo, rumbo a la tierra prometida. Esto es lo que se llama la fiesta de la Pascua.
De tal manera que el pueblo elegido, el pueblo de Israel, celebraba cada año la Pascua. Así como nosotros celebramos las fiestas de la independencia, donde recordamos cada año lo que sucedió en México; de ese modo el pueblo de Israel celebraba la presencia de Dios, que los había liberado de la esclavitud.
El cordero era la cena. La segunda lectura que escuchamos, del apóstol San Pablo a los Corintios, narra la Institución de la Eucaristía. Jesús sabe que su hora está muy cercana. ¿Quién de nosotros no tiene en su casa una imagen de la Última Cena, donde está Jesús con sus Apóstoles? Ahí ya no hay un cordero, un animal, que iba a ser entregado, sino el mismo Jesús.
Por eso hoy es tan maravilloso darle gracias a Dios por la Institución de la Eucaristía. Escuchamos la narración, cómo Jesús toma pan, da gracias y se lo entrega a sus discípulos, a sus amigos, y les dice: «Tomen. este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes». Y después tomó vino y también dio gracias y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por ustedes». Luego les dice a sus Apóstoles: «Hagan esto en conmemoración mía». Quiere decir que hoy también celebramos el día del Sacerdocio, porque Jesús le da ese poder a sus Apóstoles. En esta Misa celebramos la Institución de la Eucaristía y el Sacerdocio; si no hubiese sacerdotes, no habría la celebración de la Eucaristía.
Y, después de que Jesús realizó la entrega del pan y el vino, su cuerpo y su sangre, como comida y bebida de salvación, realizo otro gesto que celebramos el día de hoy, que fue el lavatorio de los pies: se quitó la túnica, se ciñó una toalla y se puso a lavarle los pies a sus Apóstoles. Hoy estos chicos, estas chicas, que están aquí en el presbiterio nos ayudan a que sea un signo que nos ayude a comprender lo que hizo Jesús.
Como siempre Simón Pedro rápidamente dijo: «No, Señor, ¿cómo me vas a lavar los pies a mí? Y Jesús le dijo: «Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo en el Reino de los cielos?» Y finalmente Pedro se dejó lavar los pies por Jesús.
Al terminar de lavar los pies a sus Apóstoles viene la enseñanza: Que siendo Dios se humilló hasta lo más bajo, que es lavar los pies, y dijo: «Ustedes dicen bien que yo soy el Maestro; pues si yo, que soy el Maestro, hago esto con ustedes es para darles ejemplo de lo que deben hacer ustedes entre sí», el amor fraterno, el servicio.
Después de esto Jesús se fue al Huerto de los olivos a hacer oración, a dialogar con su Padre y pedirle fortaleza, porque venían días muy difíciles. Precisamente en ese huerto llegaron a aprehenderlo para iniciar un juicio. Por eso iniciamos nosotros ya el Triduo Pascual, celebrando su pasión, su muerte –mañana, Viernes Santo–, la sepultura y la Resurrección –el domingo de Pascua–.
Debemos hoy sentirnos muy contentos de ser católicos, de ser cristianos, porque tenemos este gran regalo que se llama la Eucaristía, que también le llamamos la Misa, y en los primeros siglos se llamaban la Fracción del pan. En los primeros siglos no había templos, la Eucaristía, la Fracción del pan, se celebraba en las casas. Claro que los Apóstoles no entendieron en la Última Cena lo que hizo Jesús, «¿cómo vamos a comer su cuerpo y a beber su sangre?», lo entendieron después de la Resurrección.
Por eso la Eucaristía es el gran milagro; a veces nos acostumbramos, pero cada vez que se celebra la Eucaristía es algo muy grande, porque Cristo se nos entrega en su cuerpo y en su sangre.
Hoy le damos las gracias por la Eucaristía y le damos las gracias también porque instituyó el Sacerdocio. Fíjese que todos nosotros participamos del sacerdocio de Cristo desde el Bautismo, y se le llama sacerdocio común; pero habemos algunos que, no por nuestros méritos, sino porque Dios quiso, recibimos el sacerdocio ministerial el día de nuestra Ordenación Sacerdotal.
Demos gracias a Dios por la Eucaristía, por los sacerdotes, por el sacerdote que nos bautizó, por el sacerdote que ha estado cerca de nosotros y nos ha llevado a Jesús, y que esta noche sea una noche de oración también, para acompañar a Jesús en su pasión, muerte y Resurrección.
En estos momentos me quitaré la casulla y me ceñiré una toalla para pasar a lavar los pies a estos chicos y chicas, para recordarnos que la vida del cristiano es amarnos y servirnos. «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Vivamos este momento.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla