HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR 2024

March 24, 2024


HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR 2024

 

«Jesucristo no se aferró a las prerrogativas de ser el Hijo de Dios, sino que se anonadó a sí mismo y fue obediente hasta dar la vida en la cruz»
Hoy la lectura de San Pablo a los Filipenses nos ha dado esta idea central: Cristo, siendo Dios, dio la vida por nosotros.


Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Hoy hemos abierto la Semana Santa, la Semana Mayor, con esta Misa del Domingo de Ramos. Y hay dos sentimientos: alegría y tristeza. La alegría es porque recordamos lo que sucedió allá en Jerusalén el Domingo de Ramos, donde todo era fiesta, vítores, manifestar un cariño a Jesucristo, a Jesús de Nazaret. Por eso hoy se utiliza ese signo de las palmas, de los ramos, que bendije algunos en el claustro y otros serán bendecidos al final de la Eucaristía para que se los lleven a sus casas, estas palmas benditas con las que la gente aclamaba a Jesucristo: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Hoy ustedes han venido aquí a nuestra Catedral de Corpus Christi; otras personas que están imposibilitadas siguen la Eucaristía a través de los medios digitales; también familias en alguna parte de nuestra Arquidiócesis, algún lugar de la República Mexicana o desde el extranjero. Pues hoy que empezamos esta Semana Santa llegamos a la recta final de la Cuaresma, que iniciamos el Miércoles de Ceniza, y queremos decirle a Jesús que es nuestro Rey, que es el hijo de David y que queremos tenerlo en nuestros hogares, en nuestro corazón, como el centro de nuestra vida. O sea, hoy reafirmamos, renovamos nuestro ser como cristianos, y la misma palabra, cristiano, nos indica que debemos tener a Cristo en el centro. Y esta palma debe recordarnos eso, no solamente como pasó con aquellas personas en Jerusalén, que le gritaban y lo vitoreaban y a los pocos días muchos de ellos gritaban: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». A veces nos puede pasar también a nosotros que nos llamamos cristianos, que queremos ser discípulos misioneros, pero que después estamos muy alejados del Evangelio, de lo que nos pide Jesús, de los valores para construir el Reino de Dios.

Disfrutemos este día de Domingo de Ramos, pero también meditemos la Pasión del Señor, que hemos leído hace unos momentos. Hoy seguimos la narración del evangelista San Marcos, por eso se llama la Pasión de Jesucristo según San Marcos. El día de hoy nos comenta lo trágico, lo que ya nos plática también la primera lectura, del Profeta Isaías, el siervo sufriente, que después no se le reconocía la cara, la habían desfigurado, con tanto dolor, con tanto latigazo, con tanto sufrimiento, ya no tenía forma humana. Y Él no se aferró a que era el Hijo de Dios, sino que quiso ser obediente. Sería muy fácil que nosotros creyéramos solamente en un Cristo triunfante, en un Dios poderoso, pero también Cristo tomó la condición de ser humano, es verdadero Dios y verdadero hombre; quiso que la Resurrección, la Pascua, pasara por la cruz.

Esta semana podemos tomar este Evangelio de San Marcos, concretamente la Pasión, como una meditación, una lectura pausada para ir viendo todos los detalles de estos días dramáticos que vivió Jesús.

Antes de ser aprehendido nos deja a todos nosotros la Eucaristía, tomó pan y vino, pronunció la acción de gracias y dijo: «Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre», el gran milagro que tenemos en todas las celebraciones eucarísticas; en la Última Cena Cristo se nos da como alimento y como bebida de salvación, por eso se llama la Última Cena.

Después viene la aprehensión, cuando Él estaba en oración en el Huerto de los olivos, para tener un juicio, lo acusaban de que decía que era el Hijo de Dios, y lo traían de Herodes a Pilato. Sin embargo, Jesús siguió la voluntad del Padre hasta decir: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani?», «Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?», todavía sentía ese dolor.

Finalmente, después de estas palabras llenas de dolor, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», y falleció, expiró, dio la vida por todos nosotros, por nuestra salvación, para abrirnos las puertas de los cielos, para darnos la salvación a cada uno de nosotros.

Que estemos muy agradecidos y que realmente sigamos a Jesucristo, que es el Salvador, el que le da sentido a nuestra vida. Les reitero ese desafío de poder leer estos días la Pasión de Jesucristo según San Marcos, para ir viendo cada detalle, cada gesto de lo que hizo Jesús por todos nosotros.

Los invito a que esta Semana Mayor, esta Semana Santa, la vivamos en un espíritu de oración, de familia, de fraternidad, de serenidad, para pensar en los misterios que realizó Jesucristo para darnos la salvación. Así sea.


+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla