«Tu recuerdo, Señor, es mi alegría»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
En este IV Domingo de Cuaresma los saludo a todos los que han venido aquí a la Catedral de Corpus Christi y también saludo a las personas que nos siguen a través de los medios digitales; que todos sigamos este camino de Cuaresma con ánimo, el camino de conversión para llegar a la Pascua del Señor.
Hoy decíamos en el salmo responsorial, contestando a la Palabra de Dios: «Tu recuerdo, Señor, es mi alegría».
Las tres lecturas que escuchamos hoy tienen algo en común, la del libro de las crónicas, la de San Pablo a los efesios y el Evangelio, de San Juan, tienen también un transfondo de alegría, por eso se utilizan estos ornamentos rosas y la palabra alegría se repite varias veces desde la antífona de entrada. ¿Y cuál es la alegría? Que Dios es misericordioso, nos perdona, es un Dios que nos ama, y ese es un motivo de alegría.
Estas tres lecturas tienen una idea en común, que el hombre no sigue la alianza del Señor, que peca. Sin embargo, paralelamente encontramos que ante este pecado e infidelidades, Dios siempre quiere perdonarnos, y la invitación es para que sigamos sus caminos, lo que nos indica en los mandamientos.
En la primera lectura, del libro de las crónicas, escuchamos lo que sucedía con el pueblo de Israel, un pueblo que se apartaba de Dios, donde había infidelidades, había pecado. A pesar de que había mensajeros, los profetas, que les decían por dónde caminar, ellos ignoraban los mandamientos, la alianza de Dios, y por eso había consecuencias y el pueblo judío, que estaba ahí en Jerusalén, fue desterrado, tuvo que salir a otros lugares en el extranjero, y había ese sufrimiento, porque Dios había tenido mucha paciencia, pero ellos no habían obedecido sus mandamientos. Pasa el tiempo y siempre Dios es infinitamente misericordioso, pero siempre quiere que se reconozca el pecado, las faltas, y por eso el rey Ciro, de Persia, les dice por mandato de Dios al pueblo que va a construir un templo en Jerusalén, después de años que regreses a Jerusalén. Por eso hay tristeza, por el pecado, pero también hay alegría, porque Dios siempre es bueno, siempre es misericordioso.
San Pablo en la segunda lectura, de su carta a los efesios, nos dice cómo Dios da su vida en la cruz por todos nosotros, borra el pecado, nos dice algo muy bonito esta lectura: «Nos prepara un lugar en el Cielo». Por eso la alegría de hoy, por reconocer a Cristo que muere por nosotros en la cruz, pero también con su muerte nos abre las puertas del Cielo.
Y en el Evangelio de San Juan también Jesús nos dice cómo Moisés levantó la serpiente en el desierto y cómo Él también va a ser levantado en la cruz. Algo maravilloso que debe llegar a nuestro corazón es lo que nos dice San Juan, «porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que tengan vida». Yo creo que cuando nosotros sabemos que en nuestra familia nos quieren, que nuestros amigos, amigas, nos quieren, nos aman, con mayor razón tenemos que alegrarnos al saber que Dios nos ama y eso debe cambiar el sentido de nuestra vida.
Así es que hoy debemos estar alegres por ese amor que Dios nos tiene, pero también Él nos pide una revisión de nuestra vida para que podamos construir un mundo mejor. Siempre el Evangelio lleva esperanza. En este mundo dividido, polarizado, lleno de violencia, de inseguridad, nosotros también podemos poner nuestro granito de arena para colaborar en un proyecto que Dios quiere: Vivir como hermanos, ayudarnos unos a otros.
Que el Espíritu Santo nos siga guiando como guió a Jesús en toda su vida; que también a nosotros nos guíe, que nos dé sus dones y podamos seguir la voluntad de Dios. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla