«Este es mi hijo muy amado, escúchenlo»
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
Les saludo a ustedes que están aquí en nuestra Catedral de Corpus Christi y también a las personas que están siguiendo a través de los medios de comunicación, medios digitales, esta Eucaristía.
Hoy estamos celebrando el II Domingo de Cuaresma. El Miércoles de Ceniza iniciamos un camino que todos nosotros estamos invitados a recorrer, pero ese camino tiene como meta la Pascua, acompañar a Jesús en su pasión, muerte y Resurrección. Por eso la invitación para todos es pasar de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la esclavitud a la libertad, del egoísmo al amor; y para eso se necesita conciencia, realmente querer tener un camino de conversión, esa es la palabra importante en estos 40 días en los que vamos avanzando.
La primera lectura, del libro del Génesis, nos presenta aquella escena conocida donde Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Resulta que Dios, el Padre, le dijo a Abraham: «Deja tu casa, deja tu tierra, deja todo, tus animales, tu casa, y ven a la tierra que te mostraré».
A Abraham lo conocemos como el padre de la fe, porque siempre confío en Dios. Sin embargo, Dios le pide una cosa muy extraña, algo que va en contra de su promesa, que sacrifique al único hijo que tiene, Isaac. Y entonces lo lleva a lo alto de la montaña; llevan leña, hacen una hoguera, y precisamente cuando va a sacrificar a Isaac el Ángel del Señor lo detiene. Fue una prueba muy fuerte, pero él esperó contra toda esperanza, es decir, confío en Dios a pesar de que no entendía, no se reveló, sino que obedeció.
¿Y por qué decimos que es una lectura cristológica, que tiene una línea cristológica? Porque también ahí se refleja Cristo, es decir, «el Padre –como nos dice la segunda lectura que escuchamos, de San Pablo a los romanos– no escatimó nada y le pidió a su hijo que diera la vida por todos nosotros en la cruz», es el sacrificio del Señor.
En este tiempo de Cuaresma viene esta lectura que conocemos como «La Transfiguración»; es muy conocida, pero hay que entender los elementos. Primeramente Jesús invita a tres de sus amigos más cercanos, tres discípulos, tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, los lleva al monte Tabor y entonces ahí se manifiesta la gloria del Señor, frente a estos tres amigos.
En la escena Jesús está platicando con dos personajes, uno es Moisés y el otro Elías; uno representa a la ley y el otro representa a los profetas; Moisés representa la ley, recordando los diez mandamientos, y Elías a los profetas. ¿Y de qué estaban platicando? Del camino de Jesús, de la pasión que iba a tener.
Pero lo más excepcional es lo que Pedro, Santiago y Juan vieron con sus propios ojos. Vieron que la túnica de Jesús era blanca como la nieve. Algunos tenemos la oportunidad de conocer la nieve, en lugares muy fríos, y es muy blanca; así fue, así se vieron la túnica de Jesús y su rostro resplandeciente. Además hay un signo muy elocuente en este pasaje, que desde la nube se escucha una voz, la voz del Padre, que dice: «Este es mi hijo muy amado, escúchenlo».
Fue muy asombrosa esta Transfiguración y Simón Pedro, que siempre reaccionaba muy rápido, le dijo: «Maestro, ¿por qué no hacemos tres chocitas aquí, tres casitas, –no pensó en él y los otros discípulos– una para ti, otra para Moisés y otra para Elías?». Jesús sabe que eso no es posible y le dice a sus tres discípulos: «Esto que vieron no lo cuenten a nadie», lo contaron después de la Resurrección.
La Resurrección tiene que pasar por la muerte, por la cruz, esa es la pasión. Jesús no quiso las cosas fáciles, como Hijo de Dios, que podía hacerlas, ¿cuántos milagros no hizo Jesús?; sin embargo, fue fiel hasta la muerte en la cruz. Ese es el camino de la Cuaresma para nosotros, acompañar a Jesús.
La Pascua ya es una renovación, es un cambio, y ojalá se note en nosotros ese cambio cuando lleguemos a la Pascua. Todo resultado requiere un esfuerzo, las cosas no son fáciles, requieren esfuerzo, disciplina, constancia, perseverancia, para lograrse, y este camino es para que lleguemos a la Pascua del Señor.
Sigamos caminando, intensificando lo que vimos desde el miércoles de ceniza: la oración, el ayuno y las buenas obras de caridad.
Que el Señor nos siga bendiciendo a todos y que este camino de Cuaresma sea muy fructuoso para cada uno de nosotros. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla