«Jesucristo vino para decirnos cuánto nos ama nuestro Padre Dios»
«A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo unigénito que está en el seno del Padre es quien lo ha revelado», con estas palabras termina el Evangelio de San Juan, que se nos acaba de proclamar solemnemente, y este párrafo es la sínteis, es el resumen del misterio que estamos celebrando en este día santísimo de Navidad. En este día 25 de diciembre nosotros podemos afirmar con toda seguridad que hemos visto a Dios, que hemos visto el rostro de Dios, que hemos visto al eterno hecho un hombre de nuestro tiempo y de nuestra historia, que hemos contemplado al Creador hecho creatura, hemos contemplado la grandeza y el poder de Dios en la pequeñez y en la sencillez de un niño recostado en un pesébre. A Dios nadie lo ha visto jamás, pero es Jesús, su Hijo amado, quien nos lo ha revelado. Qué extraordinario misterio el que hoy contemplamos, celebramos y creemos por la fe.
En estos pasajes de la Escritura que acabamos de escuchar la Palabra de Dios nos invita primero a contemplar el poder, la grandeza del amor de Dios por nosotros. Nosotros no elegimos creer en Dios, no elegimos tener esta virtud de la fe, Dios nos la regaló por su infinito amor, y por su infinita misericordia Dios nos regaló el don de la fe y por la fe que Dios nos ha regalado nosotros podemos contemplar, podemos creer y podemos celebrar el misterio de Dios hecho hombre en Jesucristo. De tal forma que Dios no deja de ser Dios si nosotros no creemos en Él; Dios no deja de ser el amor absoluto y pleno si nosotros no lo reconocemos como el único y verdadero amor. Más bien, quien cree en Dios y quien ama a Dios tiene una mayor riqueza, o como decimos actualmente en nuestro lenguaje moderno, quien cree en Dios, quien acepta la fe, quien acepta el don que Dios nos regala tiene un "plus" en su vida humana y cristiana. Dios, al manifestarnos su grandeza, al manifestarnos su amor en este pequeño Niño que ha nacido, quiere hacerse cercano a nosotros, quiere hacerse uno de nosotros, quiere compartir nuestra fragilidad, nuestra sencillez, nuestra transitoriedad como creaturas, por eso quiso hacerse hombre como nosotros.
Esta es toda la enseñanza que nos da hoy la Palabra de Dios, y utiliza también dos imágenes, dos signos que fácilmente podemos contemplar, que facilmente podemos grabar en la mente y en el corazón y que fácilmente podemos hacerlos vida en nosotros.
El primer signo que nos ofrecen los textos, que nos ofrece la Palabra de Dios, es el signo de la luz. La luz nos habla de vida, la luz nos habla de seguridad, la luz nos habla de certeza, la luz nos habla de abrigo y calor. Cuando nosotros en la oscuridad encendemos una vela esa oscuridad se disipa y podemos caminar con mayor seguridad; cuando nos acercamos a la luz de la hoguera experimentamos la tibieza y el calor del fuego; cuando nosotros necesitamos realizar nuestras actividades y necesitamos de la luz encendemos una lámpara, encendemos un foco para poder iluminar el espacio en donde estamos. Por eso la Palabra de Dios hoy nos habla del signo de la luz, haciendo referencia a Jesucristo, porque Jesucristo es la luz del mundo, Jesucristo es la luz que ha venido a iluminar las tinieblas que estaban esparcidas sobre la faz de la Tierra; Jesucristo, luz del mundo, con su Nacimiento ha hecho que nosotros experimentemos la certeza y la seguridad del amor que Dios nos tiene; Jesucristo, luz del mundo, hace que nosotros podamos caminar con la certeza de que su luz ilumina nuestros pasos, de que su luz nos va guiando en el caminar de la vida; Jesucristo, luz del mundo, nos abriga, nos cobija, nos calienta con sus presencia, así como el fuego de la hoguera. Por eso qué hermoso este signo que hoy nos presentan los textos sagrados: Jesucristo, luz del mundo; Jesucristo, luz que viene a iluminarnos; Jesucristo, luz que viene a calentar la frialdad de nuestro corazón.
El segundo signo, que también es muy común para nosotros, es la Palabra. Dice San Juan que la Palabra se hizo carne, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Sabemos que la palabra es un elemento esencial para comunicarnos, ahora ya hay otras formas de comunicarnos, hay otros lenguajes, pero la palabra, el verbo, el hablar es el lenguaje común y ordinario que tenemos para comunicarnos entre nosotros, para comunicarnos con Dios, y Dios quiso hablarnos, Dios quiso comunicarse con nosotros utilizando la palabra, utilizando el verbo, que es Jesucristo. Jesucristo es la Palabra hecha carne, es la Palabra de Dios hecha hombre, es la Palabra creadora que viene a regenerarnos, es la Palabra que nos creó, pero que ahora nos recrea con la salvación que nos trae Jesucristo, el Verbo del Padre. Por eso qué importante es la palabra entre nosotros, qué importante es la palabra entre dos personas que quieren comunicarse. Cuando no hay comunicación, cuando no existe la palabra, caemos en prejuicios, caemos en especulaciones, muchas veces falsas o incompletas. Por eso, cuando nosotros hablamos de Dios o de las personas, tenemos que hacerlo como una alabanza. Los ángeles, cuando recibieron la noticia del Nacimiento de Jesús, exclamaron alabanzas y dijeron: «Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad», de los labios de los ángeles, hablando de una manera antropomórfica, brotaron estos himnos; de la palabra de Jesús brotaron bendiciones, perdón, amor, consuelo, ayuda. Entonces ¿qué debe de brotar de nuestra vida y de nuestros labios? Debemos de ser luz para los demás, muchas veces somos tinieblas, muchas veces, por nuestras actitudes, por nuestro comportamiento, pareciera ser que somos enemigos de la luz, pero en este día el Señor nos invita a dejarnos iluminar por la luz del Nacimiento de Jesús para poder ser luz para los demás. Que en este día caigamos en la cuenta de qué importante es la palabra, de qué importante es la comunicación, y así como los ángeles cantaron alabanzas y exclamaron; «Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buen voluntad», que de nuestros labios broten siempre buenas palabras para los demás. Bendecir quiere decir: decir bien de los demás. Cuando nosotros hablamos bien de los demás los bendecimos; cuando nosotros reconocemos las cualidades, las actitudes, los aciertos de los demás, los estamos bendiciendo. Cuando señalamos defectos, cuando señalamos errores, cuando señalamos deficiencias de los demás, los estamos maldiciendo, estamos hablando mal de los demás, y entonces la palabra no se convierte en un signo de crecimiento, en un signo de oportunidad, sino la palabra se convierte en un arma para dañar a los demás.
Jesús, el Verbo, la Palabra hecha carne, vino y nos dijo que somos hijos amados del Padre y que entre nosotros debemos de amarnos, de respetarnos, y también de perdonarnos. Jesucristo vino para decirnos cuánto nos ama nuestro Padre Dios, aún en las tinieblas del dolor, aún en las tinieblas de las incomprensiones de la vida, el Señor siempre tiene palabras de consuelo para nosotros. En estos tiempos de sufrimiento, en estos tiempos de pandemia, en estos tiempos en que muchos de nosotros hemos sufrido pérdidas de seres queridos, trabajo, negocios u otras formas de pérdidas, necesitamos la Palabra del consuelo Dios y necesitamos consolarnos unos a otros, necesitamos que nuestra palabra sea una palabra de consuelo para el que sufre, para el que está solo, para el que se siente abandonado, para aquel que está incluso deprimido, siempre la palabra tiene que ser una palabra que consuela, que conforta, que anima.
Que este sea hoy nuestro compromiso al estar frente a este hermoso cuadro del Nacimiento de Jesús. Que este sea nuestro compromiso al celebrar la Navidad, que al decirnos "Feliz Navidad" no sea solo una palabra repetitiva, sin sentido, sin valor; que al enviar en texto o en los distintos medios digitales esa frase sea con un compromiso de ser luz para los demás y de bendecir, es decir, de decir bien siempre de los demás. Que el Nacimiento de la luz del mundo, que la Palabra hecha carne, que habita entre nosotros, nos sostenga, nos ilumine y nos fortalezca, y sobre todo nos consuele. Que así sea.
+ Efraín Mendoza Cruz
Obispo Auxiliar de Tlalnepantla